miércoles, 29 de octubre de 2008

Apéndice al discurso por César Saldaña Sánchez

Durante estos días, con motivo de la necrológica organizada por la Real Academia de San Dionisio, he vuelto nuevamente a sumergirme en los “papeles” de mi padre. Es algo que he hecho en repetidas ocasiones desde su fallecimiento, hace ya casi un año, con una mezcla de curiosidad y respeto. Archivadores, cuadernos y simples cuartillas repletas de notas, en las que ha ido quedando plasmada la cruel e inexorable evolución de una mente que cada vez encontraba más dificultades en guardar el orden, algo que le obsesionó a lo largo de toda su vida.

Junto a la copia impresa de su discurso de ingreso, lleno de apuntes y acotaciones a mano –muchas de las cuales no llegó a utilizar en su intervención– he releído de nuevo las numerosas notas preliminares, recortes y citas que fue recopilando allá por el fin del verano del 2002. Unas notas y documentos relativamente desordenados y repetitivos en algunos casos, pero que dejan bien a las claras cuáles eran las ideas más fijamente grabadas en su mente; las que él pretendía que impregnaran su discurso y que no eran otras que las que habían guiado su trayectoria profesional de más de treinta años. Unas ideas que el había terminado acuñando en una serie de frases que todos le habíamos oído alguna vez, adquiriendo así el carácter de auténticos principios y que probablemente por ser tan suyas y por haberlas repetido tanto, le siguieron rondando en la mente hasta el último momento de lucidez.

Se trata de unas frases que, al releerlas hoy, transcurrido el tiempo y en unos momentos muy distintos a los que a él le tocó vivir, sin duda adquieren una especial validez para todas aquellas personas que tenemos algún tipo de responsabilidad en este complejo pero apasionante sector de los vinos de Jerez. Aunque su discurso pretendía centrarse en el tema concreto de la influencia de este sector en la conformación del Jerez actual, lo cierto es que su preparación le brindó la oportunidad de reflexionar de forma mucho más amplia sobre el mundo bodeguero, su pasado y su futuro.

A todos los que pertenecemos a su entorno más cercano nos dio la sensación de que la entrada en la Academia –y la consiguiente necesidad de preparar su discurso– le había llegado a mi padre en un momento en el que él no era capaz de ordenar sus ideas como le habría gustado. Precisamente por ello, me permití sugerir al excelentísimo Sr. Presidente de la Academia completar esta publicación conmemorativa con un apéndice en el que pudieran recogerse esas otras ideas, dispersas en las notas preparatorias, que por diversas razones no tuvieron finalmente el debido reflejo en su discurso. Agradezco públicamente la receptividad de la Academia y del Presidente a esta iniciativa.

Las que siguen son frases e ideas presentes de forma casi obsesiva en la documentación preparatoria del discurso, sobre las que me he tomado la licencia de reflexionar desde la doble óptica de hijo del protagonista y de persona con una vinculación profesional al Sector de actividad al que el dedicó la mayor parte de su vida.

–Sin ilusión, no es posible hacer nada.

El principal trabajo de quienes lideran cualquier proyecto es generar ilusión entre todos los que participan en el mismo.

Lo primero que llamaría la atención de esas notas preparatorias a cualquiera que las analizara con detenimiento, más allá de su dubitativa caligrafía, es la inquebrantable confianza de Arcadio en el sector del Jerez; en el propio vino como producto emblemático de nuestra tierra y en las personas que lo hacen posible. A pesar de haber vivido como uno de sus protagonistas la extraordinaria época de desarrollo de la industria durante los años setenta y ochenta, lo que podría haberle llevado a hacer un análisis derrotista y negativo de la situación en las décadas posteriores, cuando ya él no tenía responsabilidades directivas, no hay jamás en su discurso ni una sólo frase de desánimo.

Antes al contrario, a pesar de los cambios, de las necesarias re-estructuraciones y de las vicisitudes por las que atraviesa el sector en los años noventa, Arcadio sigue apostando por el Jerez. Un sector que, según él, necesita ilusión por encima de todo; algo que a él le sobraba y a lo que invocaba en todo momento, pues sólo los proyectos que se acometen con ilusión, con fe en el éxito, terminan materializándose.

Una de las consecuencias de esa permanente ilusión era su extraordinaria confianza en las propias posibilidades y, consecuentemente, la capacidad de tomar decisiones; de actuar. Pero esa ilusión, auténtico motor de su actividad, esa capacidad de tomar decisiones y “tirar para adelante” no era simple arrojo inconsciente. En su caso estaba siempre apoyado en un estudio profundo de los temas; era una “intrepidez calculada”, pero que transmitía una enorme seguridad en sí mismo y en las razones que le asistían. Ese permanente contagiar ilusión y confianza es precisamente una de las condiciones fundamentales de los líderes, y mi padre era un líder. Como dice en una de las notas, “hay que sustituir la política de rebajas por la del entusiasmo y el empuje”.

Tenía algo –si no mucho– que ver con todo esto su extraordinario amor por lo suyo, por lo que le era cercano y conocido. Su visión de las cosas incorporaba siempre una carga importante de subjetividad, en el sentido más positivo del término, que tamizaba todo para llegar a la conclusión de que lo suyo, lo de “los suyos”, era siempre lo mejor. Había en él un orgullo indisimulado por lo conseguido, casi siempre con tanto esfuerzo, lo que unido a su espíritu positivo lo hacía un hombre absolutamente feliz con aquello que en cada momento le tocaba vivir. Sin duda, para Arcadio, Jerez era lo mejor del mundo.

–A los tuyos, con razón o sin ella.

Hay que mantener e incrementar la acción colectiva, sin fisuras, que tantos frutos nos ha dado.

Arcadio era un hombre de equipo, leal con los suyos; con los que estaban por encima de él y –tanto o más importante– con los que estaban por debajo. Ese carácter casi corporativo fue sin duda algo que se manifestó en su personalidad desde el propio seno de la familia; una familia numerosa y con apreturas, en la que enseguida tuvo que asumir unas responsabilidades muy superiores a las que se pueden exigir a un adolescente. Con frecuencia tenía que dar la cara por los suyos, asumiendo no pocos “líos” de sus hermanos. Una vez en casa, ya se pondrían los puntos sobre las íes y se exigirían cuentas al que correspondiera, pero de puertas a fuera, como siempre decía, “a los tuyos, con razón o sin ella”.

Esa actitud de permanente asunción de lo colectivo fue una constante en la vida de mi padre. En lo familiar y en lo profesional. En su empresa, sus dotes de liderazgo le permitieron aglutinar a un extraordinario grupo de profesionales a los que supo convencer de sus propias posibilidades y así extraerles todo su potencial. Consecuentemente con ello, aparecen continuamente en sus notas referencias a la necesidad de mejorar de permanentemente la formación de todos y cada uno de los cuadros profesionales de las empresas.

Igualmente, a nivel sectorial, supo identificar los proyectos comunes y trabajar codo con codo con otras empresas competidoras, consciente siempre de que lo que era bueno para Jerez era bueno para su empresa. En este sentido, y así se recoge en su discurso, siempre se mostró abiertamente agradecido hacia la actitud de sus patronos –los González– que supieron tener la suficiente amplitud de miras como para ser capaces de “compartir” a Arcadio con el resto del sector.

Sus notas preparatorias del discurso de la Academia repiten una y otra vez la necesidad de mantener la acción colectiva “que tanto frutos ha dado a Jerez”. Buscando siempre lo que une y obviando las diferencias, algo que en nuestro sector es particularmente difícil y que el sabía hacer con particular maestría. Probablemente para los que no conocen el negocio bodeguero jerezano desde dentro sea difícil entender la extraordinaria heterogeneidad del mismo; no hay dos compañías iguales en el Marco de Jerez. Diferentes tamaños, mercados prioritarios, portafolios de productos, enfoque de negocio, incluso planteamientos localistas... Todo ello hace del sector del Jerez lo que el Catedrático Don José Luis García Ruiz denomina un “damero maldito” de intereses, frecuentemente contrapuestos. Sólo los que han tenido alguna responsabilidad colectiva pueden valorar en sus justos términos la habilidad de Arcadio para dotar al Sector, a lo largo de los años que le tocó vivir, y con la inapreciable colaboración de otras personas con la misma visión –particularmente Juan Puerto Andrade y Luis Balao– de una auténtica estrategia sectorial.

Desde muy joven, acompañando a Juan Puerto Aragón en sus viajes en tren a Madrid, descubrió Arcadio también las posibilidades que para Jerez tenía colaborar desde dentro en los frentes colectivos a nivel nacional. A través suya, Jerez estuvo presente en los foros de decisión más importantes del país, siempre atento a cualquier medida, proyecto legislativo o iniciativa que pudiera beneficiar a Jerez y, al fin y a la postre, a su empresa.

–No me des dineros; ponme donde los “haiga”.

Con independencia de la permanente búsqueda de ayudas públicas de todo tipo, el Sector precisa asentar su viabilidad por la vía de la calidad y la imagen.

Cualquiera que haya vivido el sector de los años setenta y ochenta reconocerá la especial habilidad que siempre tuvo Arcadio para identificar las formas y maneras de “arrimar dineros” a Jerez, siempre desde el punto de vista de la concertación colectiva. Atento a la aparición de cualquier normativa (lo recuerdo muy frecuentemente enfrascado en la lectura del Boletín Oficial del Estado) de las que incluso alguna que otra vez fuera impulsor, no dejaba pasar ni la más mínima oportunidad para que las ayudas públicas de cualquier índole beneficiaran a Jerez. Ahí están la Desgravación Fiscal a la Exportación, la Desgravación para Inversiones o figuras absolutamente genuinas y geniales como el famoso “Canon Mercado Común”.

Sin embargo, como deja claro en muchas de sus notas, el futuro del sector no debe asentarse sobre las subvenciones y las ayudas puntuales. Hay que ir a un posicionamiento de prestigio y a mercados que paguen los precios que merecen nuestros productos. Como escribe en una de las primeras versiones del discurso, “nuestro modelo debe ser el de los perfumes franceses; calidad e imagen, buscando el dinero donde lo haiga”. Algo difícil de imaginar en unos momentos en los que las exigencias de un mercado extraordinariamente competitivo fuerza a veces a vender nuestros vinos a precios escandalosamente bajos, pero que es una verdad incontestable, si confiamos en un futuro para nuestro Sector.

Lo que nos lleva a la última de las ideas que de forma repetitiva encontramos en la documentación preparatoria de su discurso de ingreso en la Academia:

–El buen paño en el arca no se vende.

Por mucha calidad que tengan nuestros vinos, sólo serán suficientemente demandados si llevamos a cabo una promoción adecuada.

Arcadio creía firmemente en la promoción y en la actividad comercial. Era hijo de comerciante y de chiquillo había pasado muchas horas ordenando y pasando el plumero al escaparate de Fedora. Nadie tenía que convencerle de que la calidad de un producto, si no se daba a conocer, no servía para nada.

Uno de los aspectos claves de la concertación sectorial es, en su opinión, la necesidad de crear una estrategia de comunicación para el vino de Jerez. Incluso sugiere en varias de sus notas la necesidad de juntar a las “cabezas pensantes” del Sector para fijar las prioridades, coordinar esfuerzos y establecer los mensajes que permitan posicionar nuestros vinos de la forma más conveniente. Para ello, dice, es fundamental conocer bien a los consumidores, lo cual sólo es posible invirtiendo en investigación de mercados.

Propone incluso como una de las prioridades hacer un esfuerzo especial en la formación de los vendedores, dotándoles de instrumentos que les permita volver a ser, como antaño, “los mejores comerciales del mundo”. Mi padre sentía debilidad por esa generación de comerciales de las bodegas que en cualquier remoto pueblo de España o recorriendo el mundo de aeropuerto en aeropuerto eran capaces de colocar nuestros productos en las estanterías de todo tipo de establecimientos (parafraseando a Churchill, llega a escribir en una de sus notas que “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”...). Pero era igualmente muy consciente de que los tiempos habían cambiado y que ya la actividad comercial no funcionaba a “golpe de calcetín”. O al menos, no solamente en base a ello.

Sus preocupaciones en el ámbito de la promoción no se ceñían exclusivamente al vino de Jerez; era muy consciente de la problemática del descenso del consumo de los vinos en general, particularmente alarmante en el caso de nuestro país. Razón por la que se dedicó durante los últimos años de su vida activa a impulsar una gran campaña nacional de consumo de vino a través de la Confederación Española del Vino, de la que era Presidente.

“Se ama lo que se conoce”, decía Arcadio una y otra vez. En una sociedad cambiante, en la que los hábitos de vida ya no dejan lugar para esas comidas en familia en la que los padres –de forma inadvertida– enseñaban a sus hijos a utilizar el vino como una parte de nuestra dieta diaria; en momentos en los que hay incluso una cierta persecución del consumo de vino, equiparándolo a productos nocivos totalmente ajenos a nuestra cultura; es en esos momentos en los que la formación y la información sobre nuestros productos se convierte en algo esencial para asegurar un futuro para nuestra industria local más importante.

Ò

Mi padre fue un profesional del Sector del Jerez vitalista, inteligente y apasionado. Uno de esos ejecutivos con los que contó la industria bodeguera en una época irrepetible; con una formación sólida, a pesar de las limitaciones que imponían las difíciles circunstancias que le tocó vivir. Dentro y fuera del Sector, Arcadio siempre proyectó una imagen de hombre con las ideas claras, cautivando tanto a sus partidarios como a sus oponentes con un discurso muy personal; quizás falto de excelencia académica, pero que siempre tenía un carácter didáctico –nunca dejó de ser un maestro– y que inevitablemente contagiaba ilusión.

Un hombre que amaba a Jerez y que se entregó a su trabajado en cuerpo y alma, pero que a la vez disfrutó y fue feliz con todos y cada uno de los restantes aspectos de su vida. Un lujo para el Sector del Jerez, para nuestra ciudad y para todos los que tuvimos el privilegio de disfrutar de él.

César Saldaña Sánchez

Contestación de Don Juan Collado Casal

Excelentísimo Señor Presidente, Ilustrísimos Señores Académicos, amigos todos.

Por designación de la Junta de Gobierno de esta Academia de San Dionisio, de Ciencias, Artes y Letras, me ha cabido el honor de dar cumplida réplica a ese profundo y documentado discurso con el que el Ilustrísimo Señor Don Arcadio Saldaña Trigo ingresa como académico de numero en esta docta Corporación.

Esta designación me coloca en el difícil trance de tener que dar a conocer, aunque sólo sea a modo de pinceladas sueltas, algunos de los rasgos sobresalientes del recipiendario, y de hacer un breve juicio crítico de su obra y de la exposición que nos acaba de hacer.

La labor de Arcadio Saldaña es tan densa, y su obra tan extensa, que sería vana pretensión presentar las con toda su amplitud en el corto espacio de mi intervención. Por eso, tendré que limitarme a enunciar, más que a exponer, sus rasgos más acusados y sus realizaciones más destacadas. Pudiera parecer que cuando unos lazos de amistad y compañerismo nos vinculan en una tarea común, como es la participación en la industria vinícola jerezana, no es posible sustraerse al impulso de los sentimientos, y que mis palabras, al hablar de Arcadio, como en el seno de la amistad le llamamos, salgan más del corazón que de la cabeza; pero aunque ello sea cierto, no lo es menos el hecho de que la apreciación personal que yo exponga, se encuentre sobradamente contrastada, y que, lejos de impulsarme a la exageración, los sentimientos puedan traicionarme y, como la lente cuando se invierte, me hagan empequeñecer su personalidad.

Educado en la Escuela Lasaliana de San José y superados después, en la Escuela Profesional de Comercio de Jerez, los estudios de Profesor Mercantil, después de haberse dedicado a la docencia privada en el campo del Análisis Matemático y las Matemáticas Financieros, ingresa por oposición en el Cuerpo Técnico de Hacienda, diplomándose posteriormente en Organización y Métodos. Accede también, por concurso, al Instituto de Auditores Censores Jurados de Cuentas de España.

En 1961 pasa a GONZALEZ BYASS, donde se le encomienda el estudio de la Contabilidad de Costes y, después de ocupar sucesivamente diversos puestos ejecutivos, es nombrado en 1975 Subdirector General, pasando a ocupar una de las Direcciones Generales desde 1980 hasta 1989. Posteriormente es nombrado Asesor General de la Empresa, cargo que desempeñ6 hasta finales de 1992, fecha en que se jubila.

Como derivación de sus cargos en González Byass ha sido Presidente de Bodegas BERONIA, en La Rioja, y del Grupo ALCOMASA, fabricantes de alcoholes y holandas para la elaboración del brandy, en La Mancha, así como Consejero del Instituto de Comercio Exterior. Fue asimismo Presidente de la Confederación Española del Vino desde su creación en 1980 hasta su jubilación en este cargo en 1999.

La Escuela Profesional de Comercio editó en 1971 la interesante conferencia que en ella había pronunciado el Sr. Saldaña bajo el título ti El Mercado Común Europeo y los Vinos Españoles. Quizás fuera esta la primera conferencia que se dictara en España sobre este tema. Nos decía que ha sido testigo de cuanto ha ocurrido en el sector bodeguero, y yo recuerdo cómo aquel triunvirato, por llamar lo de alguna forma, formado por Rafael Balao Chilla, Juan Puerto Andrades y Arcadio Saldaña Trigo, aquellos dos ya desaparecidos, actuando en nombre de sus respectivas empresas, eran los que llevaban la voz cantante cada vez que, presentándose un problema afectando al marco de Jerez, había que aportar ideas y soluciones, acudiendo a los distintos Ministerios e incluso actuando fuera de nuestras fronteras. Gran conocedor de la problemática del vino en la C.E.E. participó con sus compañeros en el Acuerdo Preferencial de 1970, así como en las posteriores normas dictadas por nuestro Ministerio de Agricultura sobre vinos en general.

No es menos interesante la aportaci6n a la elaboración de los Convenios Colectivos, en sus discusiones, en las que siempre se llegaba a un acuerdo satisfactorio, con la parte sindical, Secci6n Social, de aquellos tiempos.

Fue Teniente de Alcalde del Excelentísimo Ayuntamiento de Jerez en el período 1972-1977, como ya hemos podido oír en su disertación. Ha pronunciado numerosas conferencias y publicado diversos artículos de carácter técnico del Sector, participando en Symposiums y Seminarios sobre fiscalidad, legislación y política vitivinícola y temas conexos.

De cómo ha evolucionado la industria vinatera jerezana en los últimos tiempos ya nos lo ha expuesto el Sr. Saldaña en su trabajo y, aunque toda modernización en la empresa reduce costes y, por tanto, precios, lo que no deja de ser altamente positivo, nos conduce, por contra, a algo también altamente negativo, reduciendo la mano de obra y aumentando, por consiguiente, el paro. Claro está que este paro está más acentuado en el trabajo no cualificado y, por lo mismo, es la clase más modesta la que sufre las peores consecuencias. Es un problema gordo y de difícil solución; bien es verdad que se hacen esfuerzos por estimular la creación de nuevas empresas con sus consiguientes puestos de trabajo, pero no podemos olvidar que hay que ir, al mismo tiempo, a la cualificación del personal, evitando que, cuando grandes empresas se instalen en Jerez, encuentren aquí personal idóneo y no tengan necesidad de traérselo de fuera.

Ha quedado bien claro la influencia que ha ejercido la industria vinatera jerezana en el desarrollo económico de Jerez. A este respecto vienen a mi memoria, como anécdotas que lo corroboran, dos citas de hace más de cincuenta años pero que no pierden actualidad: una del Boletín del Banco Central que decía, Por zonas de origen, son Valencia, Tarragona, Jerez, Barcelona, Logroño, Navarra y Alicante, las provincias que mayor volumen de exportación alcanzaron de entre todas las de España, correspondiendo, sin embargo, la mayor valoración a Jerez, por la calidad de sus vinos, siguiéndole en este orden de importancia Valencia, Tarragona, Barcelona y Logroño”.

La otra, publicada en la Export Harper Wine & Spirit Gazette, en la que, después de destacar la importancia de la vinicultura, dentro de la agricultura española, se leía, traduciéndolo al castellano, De estos datos se deduce el primerísimo papel que desempeña en la actualidad la zona de Jerez de la Frontera, ya que, con una diferencia insignificante con la región de Valencia, en cuanto a la cantidad de vino exportado, es en cuanto al valor, casi cinco veces mayor que ésta ...” 1 y más adelante agregaba, Si hay alguna región española que merece un aparte en el capítulo de las exportaciones vinícolas, ésta es sin dudo la importantísima zona criadora del JEREZ-XERES-SHERRY, de tan renombrado prestigio internacional, de tradición que se pierde en la lejanía de los tiempos”. Y puede venir también al caso, por ser altamente expresivas las palabras del inglés Julian Jeffs, en The Wines of Europe, también traducidas literalmente a nuestra lengua, “Un vino español se destaca de todos los demás, es el más grande aperitivo del mundo: sherry”.

Ha destacado el Sr. Saldaña la influencia que han ejercido en la configuración social de Jerez dos instituciones, las Escuelas Lasalianas y la Escuela Profesional de Comercio. Qué duda cabe: la formación humana en la adolescencia y la formación profesional en la juventud jerezana han hecho que generaciones tras generaciones en los dos últimos tercios del siglo XX han ido transformando los cuadros ejecutivos de las empresas jerezanas. No es el momento de citar nombres, que serían muchos; bástenos con el ejemplo de quien hoy ingresa en nuestra Corporación.

Estamos centrando nuestra atención en el vino de Jerez y, por ser bebida alcohólica, le afectan mucho las campañas contra en alcoholismo. Se habla mucho del alcoholismo y se ha gastado mucha tinta exponiendo las funestas consecuencias que acarrea el abuso de toda clase de bebidas alcoh6licas, cualquiera que sea su graduación. Cada vez que se legisla con más rigor condenando el consumo del alcohol en determinadas circunstancias, y todo esto es necesario, pues el alcoholismo conduce, no solo a la perturbación de la persona que abusa de las bebidas alcohólicas, sino a las consecuencias que esa perturbación tiene en la sociedad: Los accidentes de tráfico, las reyertas, incluso en las propias familias, los ajustes de cuentas, etc. etc. se cobran un buen número de vidas humanas al año. Sin embargo, mientras unas bebidas como las de alta graduación, resultan con más facilidad extremadamente perniciosas, otras, como el vino, entiéndase tomado con moderación, pueden llegar a ser, y de hecho lo son, hasta recomendables; al no hacerse esta clara distinción, se corre el peligro de que la juventud, a la que preferentemente va dirigida toda publicidad, al iniciarse en el consumo de bebidas alcohólicas, lo haga desde el principio con bebidas fuertes que, junto al tabaco y las drogas, forman la trilogía de las grandes lacras de las nuevas generaciones.

Y yo, ahora me pregunto: ¿por qué, en las campañas antialcohólicas sólo se habla del alcohol en su aspecto negativo, sin hacer la debida distinción entre el abuso de todas las bebidas que lo contienen, y en particular de aquellas de alta graduación, y el vino, como producto natural, tomado con moderación; es inconcebible que se prohíba y se sancione dar una gota de vino o un joven de 15 años y, en cambio, se permita proporcionarle bebidos fuertes sin limitación alguna en el mismo momento que cumpla los 16; hoy que poner, pues, los puntos sobre las íes al legislar y al elaborar las campañas de propaganda sobre el alcoholismo. Son innumerables las opiniones de celebridades médicas corroborando que el vino es el mejor antídoto del alcoholismo; sólo citaré un par de ellas como ejemplo:

Dr. Pasteur: “El vino es la más sana e higiénica de todas las bebidas”. Dr. Marañón: “Gran culpa de los médicos ha sido el dejarse llevar del criterio, ridículamente puritano, para condenar el usa del vino, sin discriminar terminantemente el mucha beber, que es tan malo, del beber razonable que es bueno: y no sólo por ser agradable, pues todo lo agradable tiene por el hecho de serlo, una influencia benéfica sobre el alma humana, sino porque el vino posee, además, en muchas ocasiones, virtudes propiamente curativas”; y todavía seguía diciendo haber recetado y seguir recetando vinos yodotánicos y ferruginosos o de quina, con los que curaban los niños escrofulosos o las doncellas cloróticas, no tanto por la eficacia del yodo, el hierro o la quina, sino por el vino que se prescribía en la última línea de la receta.

Y por qué no citar también como anécdota curiosa lo que aquel inolvidable Don Manuel María Gonzólez Gordon dejó escrito en su libro “Jerez- Xérès-Sherish”:Me consta que a él –el vino– le debo el no haber muerto cuando, contando con pocos meses, fui desahuciada por los médicos. A mi madre se le ocurrió, como recurso heroico, darme unas cucharadas de un buen vino jerezano y continuó dándomelas varios días, con lo que me salvó la vida”.

Las palabras que acabo de transcribir no pueden ser más expresivas, pues dejando aparte lo de simple anécdota, dejan claro que fue un hecho vivido en el que el vino de Jerez fue el principal protagonista en la salvación de una vida.

Oyendo al Sr. Saldaña me han venido gratos recuerdos de mi niñez y juventud; ha mencionado la maquinilla, aquel ferrocarril urbano con la máquina número uno, hoy expuesta en Madrid como pieza de museo; prestando mis servicios en una empresa bodeguera tuve ocasión, más de una vez, de conversar con el maquinista cuando pasaba por ella a recoger los vinos que después irían a parar al tren que se formaba para trasladarlos al Trocadero en el muelle de Cádiz.

Y cómo no recordar también a los arbitrarios o consumistas, como también se les llamaba, a aquellos empleados municipales uniformados que tenían como misión recaudar el arbitrio sobre el consumo de toda mercancía que entraba en Jerez por los distintos fielatos.

Toda su intervención ha sido, para quienes hemos vivido media vida inmersos en el negocio vinatero jerezano y nos sentimos verdaderos amantes de nuestra patria chico, un interesantísimo trozo de la historia de Jerez en un aspecto poco tratado hasta ahora, lo que le hace más meritorio por ser aportación personal y no extraña de una abundante bibliografía.

Juan Collado Casal

Discurso de ingreso en la Academia por Arcadio Saldaña Trigo

Señor Presidente, señores académicos, amigos todos.

En primer lugar, permítanme dar las gracias públicamente a los miembros de la Academia que han tenido a bien distinguirme con tan importante nombramiento, por el que me siento profundamente honrado.

Como no podía ser de otro modo, centraré mi conferencia en la Industria Bodeguera jerezana y en algunas de mis propias vivencias personales como parte integrante de este Sector que he sido durante un buen número de años. A través de estas experiencias personales trataré de trasladarles el impacto –fundamental en mi opinión– que este importante sector económico y social ha tenido en la conformación de la ciudad que hoy conocemos. Como testigo de excepción que he sido de muchos de los acontecimientos tanto de esta Industria como de la propia ciudad a lo largo de los últimos cincuenta años, estoy convencido que una buena parte de las claves del Jerez de principios del siglo XXI hay que buscarlas en determinados hechos y personas directamente relacionadas con la actividad bodeguera.

Con frecuencia se dice que la historia es la maestra de la vida. Pero el concepto de historia no se reduce al de aquella disciplina que tuvimos ocasión de estudiar y aprender en la escuela; no es sólo la historia de los grandes acontecimientos y de los grandes personajes. También hay una historia ligada a las ciudades, a los colectivos profesionales y en definitiva a persona individual; historias que en mayor o menor medida marcan los acontecimientos posteriores, a pesar de que no suelen figurar en ningún sitio y que en general terminan perdiéndose inexorablemente, a menos que alguien las escriba.

Hace muchos años ya, cuando estudiábamos bachillerato, tuvimos que traducir un texto de Salustio que quedó grabado para siempre en mi memoria. No voy a transcribirlo hoy aquí, porque creo que resultaría una pedantería. Pero venía a decir Salustio que las personas no debían pasar por la vida en silencia –y añadía– “como las bestias”. En definitiva, que el hombre debe dejar memoria detrás de sí. Todos y cada uno de nosotros tenemos unas vivencias que merecen constituir una “memoria”; todos hemos tenido la oportunidad de vivir experiencias; todos tenemos en definitiva nuestra “historia” ¿porqué no escribirla y legarla al futuro?

A lo largo de toda mi vida he sido un hombre optimista; y creo que sigo siéndolo. Ello me ha ayudado enormemente en todo; pero sobre todo me ha ayudado a ser feliz, intentando siempre ver el lado positivo de cada cosa que nos ofrece la vida. Tengo una fenomenal familia y muchos y buenos amigos. Por si ello fuera poco, he tenido la oportunidad de vivir distintas actividades profesionales, disfrutando intensamente de mi trabajo y, lo que es enormemente importante, conociendo gracias a él a multitud de personas interesantes de las que he tenido la oportunidad de aprender y siempre he procurado hacerlo.

En este sentido, de las distintas actividades que he desarrollado a lo largo de mi vida, la enseñanza primero, la de funcionario más tarde y finalmente la de ejecutivo de empresas, ha sido en esta última en la que he tenido mayores oportunidades. Han sido más de treinta años dedicados a una empresa bodeguera de primer orden y a un sector muy especial como es el del Vino de Jerez. Treinta años en los que he sido testigo de muchas cosas y he conocido a muchas personas, razón por la que digo que soy muy afortunado.

A lo largo de todos esos años he sido testigo de cuanto ha ocurrido en el sector bodeguero; a nivel de mi empresa, del Marco de Jerez en su conjunto e incluso a nivel nacional. Con asiento de “fila cero” a veces, como actor a veces e incluso en alguna ocasión como protagonista. Eso sí, cuando me tocaba actuar, procuraba hacerlo siempre con dignidad y entusiasmo.

El tiempo que me ha tocado vivir –los dos últimos tercios del siglo XX– han sido una apasionante acumulación de acontecimientos. La evolución de las ciencias y de las costumbres ha sido de tal magnitud que puede decirse que no ha habido en la historia de la humanidad unos cambios tan profundos en tan corto período de tiempo. Como niño, viví la pre-guerra civil española, la guerra civil en la zona nacional y la terrible posguerra, con su hambruna; algo más tarde, la segunda guerra mundial, con la explosión nuclear y el posterior desarrollo económico y tecnológico; la carrera espacial y la llegada del hombre a la luna; la época de franco y la transición a la democracia; la C.E.E., el boom del bienestar en los países desarrollados, España entre ellos; la aparición de nuevas enfermedades y el desarrollo de nuevas drogas; la caída del muro de Berlín, et., etc.

Pero toda esa “gran historia” no es la que hoy nos ocupa; y desde luego hay muchos que podrían contarla mucho mejor que yo. Durante los próximos minutos me centraré, como digo, en una serie de vivencias personales; en situaciones que viví y en personas que conocí desde esa “fila cero” del mundo de las bodegas de Jerez y en cómo esas personas y esa Industria asumieron un papel protagonista en la conformación del Jerez moderno.

Con frecuencia se dice que el vino es un producto cultural. Los vinos genuinos, como el nuestro, los que no responden simplemente a imitaciones más o menos comerciales, conforman su personalidad diferenciada a través del tiempo. Son el resultado de un marco geográfico, de un suelo y de un clima; pero, aún en mayor medida, son el resultado de tradiciones, de circunstancias históricas y de la sabiduría acumulada por un pueblo generación tras generación. Pero, además, este carácter “cultural” del vino opera en un doble sentido: no sólo el vino responde a la identidad de un pueblo, sino que ayuda a conformar esta identidad.

En unos momentos en los que –gracias a Dios– la actividad económica de Jerez ya no sólo gira en torno a las bodegas, sino que los servicios, el comercio, el turismo, etc. han asumido una importantísima cuota de la mano de obra y de la economía de Jerez, para muchos jerezanos podría parecer como si la impronta del sector bodeguero en nuestra ciudad fuera algo simplemente anecdótico; como si las bodegas fueran tan sólo un atractivo turístico más. Nada más lejos de la realidad. El Jerez de hoy no puede entenderse sin la aportación del sector bodeguero.

Mis primeros recuerdos de las bodegas me evocan unas imágenes que no cabe sino describir como “primitivas”; incluso dentro de la ciudad, el transporte de las botas llegadas de las viñas o que se trasladaban entre distintos locales bodegas se realizaba con carros y mulos, cargándolos y descargándolos a base del “cintero”. Durante los años treinta y cuarenta circulaba por las calles de Jerez un pequeño ferrocarril que recorría las principales bodegas, recogiendo los vinos destinados a la exportación. En las bodegas existían unos “apartaderos” de RENFE en los cuales se transferían las mercancías. Domecq, Garvey, González Byass, Díez, Williams, eran los principales usuarios por aquel entonces. La “maquinilla”, como cariñosamente se conocía en Jerez a este ferrocarril bodeguero, no desapareció hasta los años sesenta, empujado por otras máquinas menos genuinas, pero más ágiles y flexibles, como las carretillas elevadoras y los contenedores.

Aunque los productos que se comercializaban envasados desde Jerez suponían una mínima parte del vino y del resto de los productos vendidos por la bodegas por aquel entonces, los embotellados eran lugares inmensos, con una cantidad enorme de personal que manejaba llenadoras y taponadoras rudimentarias, carpinteros que preparaban el embalaje de madera y un autentico batallón de mujeres que se afanaban en el etiquetado y el acondicionado de las botellas en mallas y en fundas de paja. La carga de la maquinilla o de los camiones no era menos multitudinaria, como si de una hilera de hormigas se tratara, docenas de hombres transportaban a hombros las pesadas cajas de madera hasta completar los vagones de la maquinilla o los camiones.

Las secciones administrativas de las casas bodegueras exportadoras –los famosos “escritorios–eran lugares solemnes, donde junto a un buen número de administradores cuya cualidad fundamental era la buena caligrafía se encontraban los despachos de la dirección. Recuerdo perfectamente cuando mi padre –comerciante textil a quien probablemente muchos de los presentes recuerden– me enviaba a cobrar las facturas de “Fedora”, su tienda, a Don Fulanito Domecq o Don Menganito González. Al llegar al escritorio correspondiente, tenía que recorrer metros y metros de oficinas en las que se afanaban los administrativos, hasta llegar a los despachos de la gerencia. Porque, inevitablemente, los despachos de la dirección de las bodegas, situados en esos solemnes escritorios, se encontraban siempre ocupados por miembros de las familias que daban nombre a cada una de las casas.

En los años cuarenta, la dirección de las empresas se encontraba aún en su totalidad en manos de las familias propietarias y eran contadísimos los casos de empleados que ocupaban puestos directivos. No quiero decir con esto que no existieran empleados en puestos de confianza, apoderados o capataces distinguidos; pero en todos los casos, la capacidad de decisión sobre las cuestiones fundamentales del negocio, la gerencia en definitiva, seguía perteneciendo a las familias propietarias de cada bodega.

Las bodegas eran en cierto modo un reflejo de la sociedad de la época, en la que la distancia entre los dueños y los empleados era tan notoria y tan infranqueable como la que podía existir entre las distintas capas de la sociedad. La clase media pasaba –digamos– por horas bajas, mucho más próxima a los estratos más humildes en sus necesidades y anhelos que a la oligarquía bodeguera de la época. Con las necesarias excepciones de los médicos, notarios y altos funcionarios, carecía la sociedad civil jerezana de un segmento de profesionales que ayudara a su vertebración.

En este contexto, hacia los años cincuenta se produce un fenómeno que a mi modo de ver tuvo una importancia trascendental: la llegada de una serie de profesionales, que comenzarían a ocupar puestos directivos en las principales bodegas de Jerez. No quisiera dar nombres pues no me agrada dejar a nadie en el tintero, pero en numerosas bodegas se produjeron incorporaciones que supondrían un antes y un después en el negocio bodeguero y también en el desarrollo de nuestra ciudad.

Pero para que se produjera esta llegada, primero tuvo que haber una serie de bodegueros, miembros de esas mismas familias a las que antes me refería, con visión de futuro y con un empeño especial por profesionalizar sus respectivos negocios. Quizás hoy nos sea difícil valorar la valentía de estas personas que, a veces contra la opinión de miembros de sus propias familias, otorgaron amplias responsabilidades a profesionales con el objetivo de modernizar sus empresas.

La llegada de esos profesionales coincide en gran medida con una coyuntura económica más que favorable. Los esfuerzos de profesionalización no sólo afectan a la propia dirección, sino que tienen su reflejo en numerosos campos, como la propia investigación enológica y las técnicas vitícolas. Pero a mí personalmente me gustaría destacar un efecto –digamos psicológico– que sin duda tuvo la llegada de estas personas; un efecto de motivación, casi diría de “reto”, en el resto de las personas, jerezanos en este caso, que llegábamos en esta época, cargados de aspiraciones e inquietudes, al sector bodeguero.

En este contexto es en el que yo llego al mundo de las bodegas. Ya he mencionado que, como “chiquillo de tienda” con diez o doce años, ayudando en el pequeño negocio de mi padre en las horas libres que me dejaban los estudios, ya había tenido la oportunidad de asomarme a los escritorios de las principales firmas jerezanas. Pasados los años, el azar y sobre todo el consejo de una persona muy querida y recordada, Don César García de Luján, me llevaron a trabajar en una de las principales bodegas jerezanas: González Byass. Y además en un tema interesantísimo: el establecimiento de un sistema de determinación de costes para los vinos y brandies. Ello me iba a permitir, desde un primer momento, obtener un alto nivel de conocimiento de las claves empresariales del mundo bodeguero. El análisis de las “tripas” del negocio mediante un sistema de contabilidad de costes me granjeó alguna que otra enemistad, pero sin duda me ayudó a mí y también a mi empresa a entender cómo se podía ser más competitivo.

Digo que esto me granjeó alguna que otra enemistad, porque en las bodegas de aquella época había cosas que no se cuestionaban; las cosas se hacían de una determinada manera –como se habían hecho siempre– y punto.

Pero antes de esto, permítanme hacer una referencia a dos instituciones académicas que tuvieron una importancia esencial en la formación de toda una generación de jerezanos, precisamente de ésta a la que yo pertenezco y a la que me estoy refiriendo: la de los profesionales que nos incorporamos a las bodegas en los años cincuenta y sesenta. Dos instituciones en las que tuve el privilegio de estudiar: la Escuela de La Salle y la Escuela Profesional de Comercio. Mucho debe el sector bodeguero y la propia ciudad de Jerez a estas dos instituciones, en las que se formó toda una generación cuya incorporación al mundo de las bodegas proyectó a este sector hacia una prosperidad nunca antes conocida.

Como docente que he sido durante muchos años, quizás he tenido una especial sensibilidad para apreciar la importancia que los maestros, los formadores y las instituciones de enseñanza pueden tener en una sociedad. Reconozco la influencia que en mi actividad profesional y humana han tenido una serie de profesores de mi niñez y mi juventud y espero que a aquellas personas a las que he tenido la oportunidad de dar clases mis enseñanzas les hayan ayudado a ser mejores profesionales y mejores personas a lo largo de sus vidas.

La llegada a las bodegas de una serie de jóvenes con una sólida formación; y lo que es más importante, la confianza que en ellos depositaron los responsables de las mismas, tuvieron un efecto decisivo en el “despegue” del sector.

Desde mi entrada en González Byass, tuve la oportunidad de vivir en primera persona toda una transformación no ya de mi empresa, sino de todo el sector. El avance en las técnicas de viticultura, con la introducción de las espalderas y la selección de variedades y porta-injertos; la ingeniería aplicada a los distintos aspectos de la producción de nuestros vinos, desde la vinificación a la logística; la creación de los departamentos de investigación y desarrollo enológico, que proporcionaron una innegable mejora de la calidad, etc. etc.

El aumento del negocio y de los stocks obligó a la creación de nuevas e impresionantes bodegas, para lo que se acude a lo más granado del panorama nacional: surgen así Las Copas, La Mezquita o la Gran Bodega del Tío Pepe, obra del insigne ingeniero Don Eduardo Torroja.

En colaboración con la Administración y aplicando unas importantes dosis de imaginación, se trabaja en la búsqueda de medios financieros que faciliten la expansión del negocio y su proyección comercial: surgen así figuras como la “desgravación fiscal a la exportación”, la “desgravación para inversiones” o el “canon mercado común”.

En poco más de treinta años se recorre un larguísimo camino: de los lavaderos de botellas para su reutilización se pasa a los trenes de embotellado super-rápidos con aplicación de tecnología punta. De la exportación mayoritaria a granel, en botas, se pasa a que todo el proceso, embotellado, etiquetado y expedición se haga desde Jerez, con el consiguiente incremento del valor añadido: cartonajes, etiquetas, botellas, etc. acaban conformando una industria auxiliar a las bodegas de enorme importancia.

Con el paso del tiempo, quizás ahora nos suene paternalista y trasnochado, pero la adecuación de los salarios de los obreros a través de los distintos Convenios Colectivos y el acceso a viviendas dignas para miles de trabajadores también fueron aportaciones del sector bodeguero a una sociedad que pugnaba por salir de la miseria. De los acuerdos tripartitos entre los sindicatos, el Ayuntamiento y las bodegas surgieron nuevas barriadas como “Eduardo Delage”, “La Asunción”, “La Constancia” y “San Benito”.

Esto me da pié a hablar de otro aspecto en el que las bodegas actuaron de forma decisiva en la conformación del Jerez actual: el urbanístico. Las condiciones micro-climáticas que los bodegueros han buscado siempre para la crianza de los vinos les ha llevado tradicionalmente a situar las bodegas en el exterior de la ciudad. Históricamente, las bodegas han constituido siempre una especie de cinturón alrededor de la ciudad. Hoy escuchamos con frecuencia a muchas personas que se quejan con una mezcla de nostalgia y reproche de que las bodegas sitúen sus plantas de producción y envejecimiento en la carretera de circunvalación o en otras zonas del exterior de Jerez, llevándoselas lejos de otras calles más céntricas. Como si ello fuera un pecado o una especie de “abandono de las raíces”.

Pues bien, hay que decir que ello ha sido una constante a lo largo de la historia de Jerez y de sus vinos. Desde que los bodegueros descubrieron las bondades de los vientos de poniente para el mantenimiento de la temperatura y la humedad constantes en el interior de las bodegas, prácticamente todas las construcciones bodegueras se han situado en las zonas más altas y exteriores de la ciudad. Así, a lo largo del siglo XIX las antiguas bodegas del interior de la ciudad se fueron situando en un anillo que partiendo del Alcázar, recorre la Ronda del Caracol, calle Muro, Pozo Olivar, Nuño de Cañas, Pajarete, Clavel, Mª Antonia de Jesús Tirado, Ferrocarril, Puerta del Sol, Sancho Vizcaíno y nuevamente llega hasta el Alcázar.

Estos eran los límites de la ciudad: de alguna forma, se trataba de un perímetro en el que las blancas estructuras de las bodegas sustituía a las murallas. La ciudad terminaba en La Alcubilla por el Sur y en los puentes de la calle Medina y Arcos. Aún recuerdo cómo en estos límites de la ciudad existían unas casetas o garitas desde donde se controlaban las salidas y entradas de productos que habían de pagar los “arbitrios”. Allí se apostaban los “arbitrarios”, un cuerpo uniformado de recaudadores hoy lógicamente extinguido.

Pues bien, a lo largo de los años 50 y 60 la ciudad vuelve a sobrepasar estas nuevas “murallas”. El nuevo cinturón se perfila en torno a la carretera de circunvalación, y así se van sucediendo nuevos complejos bodegueros como Croft, Garvey, Bobadilla, el complejo de Las Copas y, más recientemente, Real Tesoro. De alguna forma, este cinturón define lo que está dentro y lo que está fuera de la ciudad.

Pero la capacidad de los ejecutivos del sector bodeguero para influir en el diseño urbanístico de la ciudad no se redujo a la construcción de nuevas bodegas ni a la aparición de barriadas de carácter social. La sustitución de los nombres ilustres de las bodegas por ejecutivos jerezanos también se produjo en las principales instituciones de la ciudad, empezando por el propio Ayuntamiento. Incluso en estos aspectos que pudiéramos llamar políticos, esas mismas personas formadas en la Escuela de los Hermanos y la de Comercio, también tomaron el relevo.

En diversas legislaturas tuve la oportunidad de trabajar en la Corporación Municipal, conjuntamente con otros ejecutivos de bodegas que, como yo, servían a la ciudad, naturalmente sin cobrar un duro por ello. Aunque actuáramos en cierto modo por delegación de las compañías para las que cada uno de nosotros trabajaba, puede decirse que se produjo de esta forma el acceso de esta nueva clase media al poder local. Aunque los matices políticos no estaban totalmente ausentes, lógicamente la mayor parte del debate y de las decisiones de estos ayuntamientos eran de carácter técnico.

Durante estos años y en el seno de estas corporaciones, se adoptaron algunas decisiones de importancia trascendental en la conformación de nuestra ciudad: se diseñó el primer polígono industrial, se coordinaron los esfuerzos de todos los estamentos de la ciudad destinados a traer la universidad hasta Jerez o para construir el aeropuerto.

Es evidente que todas las ciudades españolas han experimentado un proceso de modernización; está claro que Jerez no es el único caso en el que se producen todos estos fenómenos que han proyectado la ciudad hacia el progreso, partiendo de la durísima posguerra. Pero de alguna manera, en el caso de nuestra ciudad el camino ha sido más rápido o, si se quiere, más suave, como consecuencia de la existencia de esta importantísima actividad y de su propia proyección exterior.

Siendo una localidad del interior, de tamaño medio y de carácter agrícola, Jerez ha gozado siempre de unos horizontes extraordinariamente amplios, de un carácter cosmopolita, sin duda gracias a la universalidad de su producto más emblemático. El vino ha sido siempre la gran ventana de Jerez hacia el exterior, haciendo que la ciudad fuera conocida fuera; pero además, y lo que es tanto o más importante, haciendo que la ciudad, sus dirigentes, tuviera una carácter abierto y emprendedor, buscando siempre su lugar en el mundo.

Desde que recuerdo, ese “avión de los lunes” con destino a Madrid ha estado siempre repleto de ejecutivos de las firmas bodegueras que han estado recorriendo los mercados exteriores y los despachos de la administración. Muchas veces he dicho que sería de justicia que algún día se levantara un monumento al “viajante” del Jerez, a esos hombres que han arrastrado sus maletines y sus muestras de vinos y brandies por todo el mundo. Ellos tomaron el relevo de los ingleses que en los siglos XVIII y XIX contagiaron a todo el mundo su amor por el Sherry, pero además, ellos han paseado el nombre de Jerez por los cinco continentes y han impregnado a esta ciudad de una carácter más cosmopolita.

Los años 80, con sus convulsiones laborales y la extraordinaria concentración empresarial suponen un punto de inflexión en el desarrollismo que había vivido el sector bodeguero durante las décadas anteriores. Sin entrar a analizar las causas ni mucho menos tratar de buscar culpables, lo cierto que es que, de repente, la industria bodeguera jerezana tiene que luchar en un contexto muy diferente.

El desarrollo increíble de los años sesenta y setenta, tanto en los aspectos vitícolas como en los de la producción, hace que sea difícil acompasar una “maquinaria productiva” de una capacidad cada vez mayor con una demanda que en las décadas posteriores empezaría a mostrar claros síntomas de debilidad. Sin el apoyo que la Administración había brindado al Jerez en otras épocas, con una competencia cada vez más feroz, las empresas se ven obligadas a optimizar sus costes al máximo. Es la época de las reestructuraciones; una época dolorosa de recortes de plantilla, cierres y arranque de viñedo. Medidas todas ellas necesarias, pero que causaron una cierta fractura entre el sector bodeguero y el pueblo de Jerez.

Las plantillas de todas las bodegas de Jerez suman hoy una cantidad muy pequeña, si la comparamos con las de los años cuarenta, cincuenta o incluso sesenta. Aproximadamente unas 1.500 personas trabajan hoy de forma directa en el sector bodeguero, a las que hay que unir las dedicadas a industrias auxiliares o a las labores vitícolas. Sigue siendo una actividad significativa en nuestra ciudad, desde el punto de vista del empleo, pero desde luego ya no es mayoritaria. Si cuando yo empecé a trabajar en este sector prácticamente todo el mundo en Jerez o bien trabajaba o bien tenía un familiar directo trabajando en una bodega, hoy son muchos los jerezanos que ven a este sector como algo lejano, incluso ajeno.


Pues bien, están equivocados. No ha sido mi intención a lo largo de esta disertación establecer el peso, menor o mayor, que la actividad de las bodegas tiene hoy en nuestra economía. Tan sólo he tratado de plasmar unas vivencias que, desde el plano personal, me permiten asegurar que la huella que la industria vinícola ha tenido en lo que hoy es Jerez es absolutamente indeleble. Que nuestro querido Vino de Jerez ha seguido perfilando el carácter de nuestra ciudad también durante el último tercio del siglo XX, gracias fundamentalmente a una generación de profesionales de este sector que han trabajado con tesón, honestidad y sentido de la colectividad.


Muchas gracias.

Arcadio Saldaña Trigo