Durante estos días, con motivo de la necrológica organizada por
Junto a la copia impresa de su discurso de ingreso, lleno de apuntes y acotaciones a mano –muchas de las cuales no llegó a utilizar en su intervención– he releído de nuevo las numerosas notas preliminares, recortes y citas que fue recopilando allá por el fin del verano del 2002. Unas notas y documentos relativamente desordenados y repetitivos en algunos casos, pero que dejan bien a las claras cuáles eran las ideas más fijamente grabadas en su mente; las que él pretendía que impregnaran su discurso y que no eran otras que las que habían guiado su trayectoria profesional de más de treinta años. Unas ideas que el había terminado acuñando en una serie de frases que todos le habíamos oído alguna vez, adquiriendo así el carácter de auténticos principios y que probablemente por ser tan suyas y por haberlas repetido tanto, le siguieron rondando en la mente hasta el último momento de lucidez.
Se trata de unas frases que, al releerlas hoy, transcurrido el tiempo y en unos momentos muy distintos a los que a él le tocó vivir, sin duda adquieren una especial validez para todas aquellas personas que tenemos algún tipo de responsabilidad en este complejo pero apasionante sector de los vinos de Jerez. Aunque su discurso pretendía centrarse en el tema concreto de la influencia de este sector en la conformación del Jerez actual, lo cierto es que su preparación le brindó la oportunidad de reflexionar de forma mucho más amplia sobre el mundo bodeguero, su pasado y su futuro.
A todos los que pertenecemos a su entorno más cercano nos dio la sensación de que la entrada en
Las que siguen son frases e ideas presentes de forma casi obsesiva en la documentación preparatoria del discurso, sobre las que me he tomado la licencia de reflexionar desde la doble óptica de hijo del protagonista y de persona con una vinculación profesional al Sector de actividad al que el dedicó la mayor parte de su vida.
–Sin ilusión, no es posible hacer nada.
El principal trabajo de quienes lideran cualquier proyecto es generar ilusión entre todos los que participan en el mismo.
Lo primero que llamaría la atención de esas notas preparatorias a cualquiera que las analizara con detenimiento, más allá de su dubitativa caligrafía, es la inquebrantable confianza de Arcadio en el sector del Jerez; en el propio vino como producto emblemático de nuestra tierra y en las personas que lo hacen posible. A pesar de haber vivido como uno de sus protagonistas la extraordinaria época de desarrollo de la industria durante los años setenta y ochenta, lo que podría haberle llevado a hacer un análisis derrotista y negativo de la situación en las décadas posteriores, cuando ya él no tenía responsabilidades directivas, no hay jamás en su discurso ni una sólo frase de desánimo.
Antes al contrario, a pesar de los cambios, de las necesarias re-estructuraciones y de las vicisitudes por las que atraviesa el sector en los años noventa, Arcadio sigue apostando por el Jerez. Un sector que, según él, necesita ilusión por encima de todo; algo que a él le sobraba y a lo que invocaba en todo momento, pues sólo los proyectos que se acometen con ilusión, con fe en el éxito, terminan materializándose.
Una de las consecuencias de esa permanente ilusión era su extraordinaria confianza en las propias posibilidades y, consecuentemente, la capacidad de tomar decisiones; de actuar. Pero esa ilusión, auténtico motor de su actividad, esa capacidad de tomar decisiones y “tirar para adelante” no era simple arrojo inconsciente. En su caso estaba siempre apoyado en un estudio profundo de los temas; era una “intrepidez calculada”, pero que transmitía una enorme seguridad en sí mismo y en las razones que le asistían. Ese permanente contagiar ilusión y confianza es precisamente una de las condiciones fundamentales de los líderes, y mi padre era un líder. Como dice en una de las notas, “hay que sustituir la política de rebajas por la del entusiasmo y el empuje”.
Tenía algo –si no mucho– que ver con todo esto su extraordinario amor por lo suyo, por lo que le era cercano y conocido. Su visión de las cosas incorporaba siempre una carga importante de subjetividad, en el sentido más positivo del término, que tamizaba todo para llegar a la conclusión de que lo suyo, lo de “los suyos”, era siempre lo mejor. Había en él un orgullo indisimulado por lo conseguido, casi siempre con tanto esfuerzo, lo que unido a su espíritu positivo lo hacía un hombre absolutamente feliz con aquello que en cada momento le tocaba vivir. Sin duda, para Arcadio, Jerez era lo mejor del mundo.
–A los tuyos, con razón o sin ella.
Hay que mantener e incrementar la acción colectiva, sin fisuras, que tantos frutos nos ha dado.
Arcadio era un hombre de equipo, leal con los suyos; con los que estaban por encima de él y –tanto o más importante– con los que estaban por debajo. Ese carácter casi corporativo fue sin duda algo que se manifestó en su personalidad desde el propio seno de la familia; una familia numerosa y con apreturas, en la que enseguida tuvo que asumir unas responsabilidades muy superiores a las que se pueden exigir a un adolescente. Con frecuencia tenía que dar la cara por los suyos, asumiendo no pocos “líos” de sus hermanos. Una vez en casa, ya se pondrían los puntos sobre las íes y se exigirían cuentas al que correspondiera, pero de puertas a fuera, como siempre decía, “a los tuyos, con razón o sin ella”.
Esa actitud de permanente asunción de lo colectivo fue una constante en la vida de mi padre. En lo familiar y en lo profesional. En su empresa, sus dotes de liderazgo le permitieron aglutinar a un extraordinario grupo de profesionales a los que supo convencer de sus propias posibilidades y así extraerles todo su potencial. Consecuentemente con ello, aparecen continuamente en sus notas referencias a la necesidad de mejorar de permanentemente la formación de todos y cada uno de los cuadros profesionales de las empresas.
Igualmente, a nivel sectorial, supo identificar los proyectos comunes y trabajar codo con codo con otras empresas competidoras, consciente siempre de que lo que era bueno para Jerez era bueno para su empresa. En este sentido, y así se recoge en su discurso, siempre se mostró abiertamente agradecido hacia la actitud de sus patronos –los González– que supieron tener la suficiente amplitud de miras como para ser capaces de “compartir” a Arcadio con el resto del sector.
Sus notas preparatorias del discurso de
Desde muy joven, acompañando a Juan Puerto Aragón en sus viajes en tren a Madrid, descubrió Arcadio también las posibilidades que para Jerez tenía colaborar desde dentro en los frentes colectivos a nivel nacional. A través suya, Jerez estuvo presente en los foros de decisión más importantes del país, siempre atento a cualquier medida, proyecto legislativo o iniciativa que pudiera beneficiar a Jerez y, al fin y a la postre, a su empresa.
–No me des dineros; ponme donde los “haiga”.
Con independencia de la permanente búsqueda de ayudas públicas de todo tipo, el Sector precisa asentar su viabilidad por la vía de la calidad y la imagen.
Cualquiera que haya vivido el sector de los años setenta y ochenta reconocerá la especial habilidad que siempre tuvo Arcadio para identificar las formas y maneras de “arrimar dineros” a Jerez, siempre desde el punto de vista de la concertación colectiva. Atento a la aparición de cualquier normativa (lo recuerdo muy frecuentemente enfrascado en la lectura del Boletín Oficial del Estado) de las que incluso alguna que otra vez fuera impulsor, no dejaba pasar ni la más mínima oportunidad para que las ayudas públicas de cualquier índole beneficiaran a Jerez. Ahí están
Sin embargo, como deja claro en muchas de sus notas, el futuro del sector no debe asentarse sobre las subvenciones y las ayudas puntuales. Hay que ir a un posicionamiento de prestigio y a mercados que paguen los precios que merecen nuestros productos. Como escribe en una de las primeras versiones del discurso, “nuestro modelo debe ser el de los perfumes franceses; calidad e imagen, buscando el dinero donde lo haiga”. Algo difícil de imaginar en unos momentos en los que las exigencias de un mercado extraordinariamente competitivo fuerza a veces a vender nuestros vinos a precios escandalosamente bajos, pero que es una verdad incontestable, si confiamos en un futuro para nuestro Sector.
Lo que nos lleva a la última de las ideas que de forma repetitiva encontramos en la documentación preparatoria de su discurso de ingreso en
–El buen paño en el arca no se vende.
Por mucha calidad que tengan nuestros vinos, sólo serán suficientemente demandados si llevamos a cabo una promoción adecuada.
Arcadio creía firmemente en la promoción y en la actividad comercial. Era hijo de comerciante y de chiquillo había pasado muchas horas ordenando y pasando el plumero al escaparate de Fedora. Nadie tenía que convencerle de que la calidad de un producto, si no se daba a conocer, no servía para nada.
Uno de los aspectos claves de la concertación sectorial es, en su opinión, la necesidad de crear una estrategia de comunicación para el vino de Jerez. Incluso sugiere en varias de sus notas la necesidad de juntar a las “cabezas pensantes” del Sector para fijar las prioridades, coordinar esfuerzos y establecer los mensajes que permitan posicionar nuestros vinos de la forma más conveniente. Para ello, dice, es fundamental conocer bien a los consumidores, lo cual sólo es posible invirtiendo en investigación de mercados.
Propone incluso como una de las prioridades hacer un esfuerzo especial en la formación de los vendedores, dotándoles de instrumentos que les permita volver a ser, como antaño, “los mejores comerciales del mundo”. Mi padre sentía debilidad por esa generación de comerciales de las bodegas que en cualquier remoto pueblo de España o recorriendo el mundo de aeropuerto en aeropuerto eran capaces de colocar nuestros productos en las estanterías de todo tipo de establecimientos (parafraseando a Churchill, llega a escribir en una de sus notas que “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”...). Pero era igualmente muy consciente de que los tiempos habían cambiado y que ya la actividad comercial no funcionaba a “golpe de calcetín”. O al menos, no solamente en base a ello.
Sus preocupaciones en el ámbito de la promoción no se ceñían exclusivamente al vino de Jerez; era muy consciente de la problemática del descenso del consumo de los vinos en general, particularmente alarmante en el caso de nuestro país. Razón por la que se dedicó durante los últimos años de su vida activa a impulsar una gran campaña nacional de consumo de vino a través de
“Se ama lo que se conoce”, decía Arcadio una y otra vez. En una sociedad cambiante, en la que los hábitos de vida ya no dejan lugar para esas comidas en familia en la que los padres –de forma inadvertida– enseñaban a sus hijos a utilizar el vino como una parte de nuestra dieta diaria; en momentos en los que hay incluso una cierta persecución del consumo de vino, equiparándolo a productos nocivos totalmente ajenos a nuestra cultura; es en esos momentos en los que la formación y la información sobre nuestros productos se convierte en algo esencial para asegurar un futuro para nuestra industria local más importante.
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Mi padre fue un profesional del Sector del Jerez vitalista, inteligente y apasionado. Uno de esos ejecutivos con los que contó la industria bodeguera en una época irrepetible; con una formación sólida, a pesar de las limitaciones que imponían las difíciles circunstancias que le tocó vivir. Dentro y fuera del Sector, Arcadio siempre proyectó una imagen de hombre con las ideas claras, cautivando tanto a sus partidarios como a sus oponentes con un discurso muy personal; quizás falto de excelencia académica, pero que siempre tenía un carácter didáctico –nunca dejó de ser un maestro– y que inevitablemente contagiaba ilusión.
Un hombre que amaba a Jerez y que se entregó a su trabajado en cuerpo y alma, pero que a la vez disfrutó y fue feliz con todos y cada uno de los restantes aspectos de su vida. Un lujo para el Sector del Jerez, para nuestra ciudad y para todos los que tuvimos el privilegio de disfrutar de él.